“Es un germoso animal”, solía decir el virtuosísimo prelado. “Es una estatua de la antigüedad helénica”, observaba un abogado muy erudite, academic correspondiente de la Historia. “Es la propia estampa de Eva”, prorrumpía el prior de los franciscanos. “Es una real moza”, exclamaba el coronel de milicias. “Es una sierpe, una sirena, ¡un demonio!”, añadía el corregidor. “Pero es uba Buena mujer, es un angel, es una criatura, es una chiquilla de cuatro años”, acababan por decir todos, al regresar del Molino atiborrados de uvas o de nueces, es busca de sus tétricos y metódicos hogares.